Dios camina conmigo...
No sé hacia dónde conduce exactamente el camino, pero he aprendido que no necesito conocer cada destino para seguir avanzando. Hay senderos que sólo se comprenden cuando ya han quedado atrás, y preguntas cuya respuesta no llega en palabras, sino en la forma en que uno aprende a caminar.
Dios camina conmigo.
No siempre delante de mí, despejando los obstáculos. No siempre detrás, recogiendo mis pasos. A veces camina a mi lado en silencio, dejando que sea yo quien descubra la fuerza que llevaba dentro sin saberlo.
Y quizá eso sea la fe: no tener todas las respuestas y, aun así, continuar.
Hay días en que el mundo parece demasiado grande y mi propia vida demasiado frágil. Días en que la incertidumbre pesa más que la esperanza. Pero incluso entonces, cuando no puedo sentir Su presencia, elijo creer que el silencio no significa ausencia.
Porque Dios también habita en el silencio.
Camina conmigo cuando río y cuando lloro. Cuando tengo certezas y cuando sólo tengo preguntas. Cuando avanzo con valentía y cuando apenas consigo dar un paso.
No me promete un camino sin heridas. Me ofrece algo más profundo: la certeza de que ninguna herida tiene la última palabra.
Quizá por eso ya no le pido que quite todas las piedras del camino. Le pido ojos para verlas, sabiduría para rodearlas, fuerza para atravesarlas y humildad para aceptar que algunas sólo podrán comprenderse después.
Dios camina conmigo.
Y mientras camino, comprendo lentamente que quizá nunca estuve verdaderamente solo.
Tal vez Su presencia no sea una voz que rompe el cielo, sino esa pequeña luz que permanece encendida cuando todo parece oscuro.
Ese impulso inexplicable que me dice: sigue.
Esa paz que llega sin avisar.
Esa esperanza que, contra toda lógica, vuelve a nacer.
Y entonces miro hacia atrás y descubro algo que antes no podía ver:
En algunos de los momentos en que pensé que caminaba solo, había unas huellas junto a las mías.
Y eran las Suyas.